El muelle del poeta, en Salo, Finlandia.El muelle del poeta, en Salo, Finlandia.El muelle del poeta, en Salo, Finlandia.

Finlandia, un caso de estudio

“Me quedaba, pues, Finlandia, un país pequeño y manejable sobre cuyo sistema educativo se ha dicho, escrito y emitido casi de todo. (Hasta Jordi Évole le dedicó un programa de Salvados, según creo.)”

Para este segundo artículo de nuestra serie sobre educación, mi plan original era comparar los mejores sistemas educativos del mundo para ver cuál podía ser el secreto de su éxito. Así empecé a documentarme hasta que me tropecé con varios problemas: el primero de ellos es que ninguno se parece a los demás. El de Corea del Sur es muy competitivo, mientras que el finlandés es cooperativo; en unos hay menos de veinte alumnos por clase y en otros puede haber más de treinta; están los que priman la adquisición de conocimientos y están los que prefieren enseñar a aprender; finalmente, los hay que hacen gran uso de las nuevas tecnologías y también los que funcionan con pizarras de tiza. Desde ese punto de vista, comparar tenía poco sentido.

Estaban además las diferencias sociales: Singapur no goza de un régimen político exactamente democrático; Finlandia sí. Canadá es un país multicultural; Japón no sólo es monocultural, sino un punto xenófobo. Y así todos.

¿Qué podía hacer entonces? Un artículo por país era algo impensable. El de las leyes educativas españolas me costó tres semanas de trabajo, siete días por semana, mañana y tarde. (Y salió como salió.) No publicar ninguno tampoco entraba en los planes, puesto que necesitaba un marco de comparación para el siguiente, que tratará de las características del sistema educativo ideal.

La única solución parecía ser decidirse por un país y centrarse en él. Pero ¿por qué país? Corea del Sur —y, en general, los países asiáticos— no parecía una buena opción, ni como buen sistema educativo (aunque existoso), ni como sociedad saludable. (Corea tiene uno de los mayores índices de suicidios [pdf] y alcoholismo [pdf]. Algunos de sus vecinos lideran las tasas de ludopatía.) De Canadá, Australia, Holanda o Nueva Zelanda no hay demasiada documentación, y lo que no encontrara habría tenido que ponerlo yo con unos conocimientos de los que carezco.

Me quedaba, pues, Finlandia, un país pequeño y manejable sobre cuyo sistema educativo se ha dicho, escrito y emitido casi de todo. (Hasta Jordi Évole le dedicó un programa de Salvados, según creo.) Además, y por pura casualidad, este año pasado aprendí bastante sobre el país, su historia, sus gentes e incluso un poquito de su idioma. Aunque pueda resultar manida, era la opción ideal, por no decir la única.

Lo que nos interesa saber de un sistema educativo es si nos da una respuesta afirmativa a las siguientes preguntas: ¿favorece la igualdad de oportunidades? ¿Combate el paro? ¿Acaba la gente sus estudios, sean los que sean, preparada para la vida, tanto privada como social y política? ¿Les ayudan los conocimientos y las aptitudes que obtienen a ser razonablemente felices? Veamos cómo responden en Finlandia.

La sociedad finlandesa

¿Por qué empezar un análisis del sistema educativo de un país con unas pinceladas sobre su sociedad? Porque, cuanto más leo y veo sobre el tema, más me parece que la influencia sobre la educación de la familia, los amigos, los maestros y, en general, las relaciones humanas es mucho mayor que la de la ley de turno o el currículum. Creo que ese dicho africano tan repetido que dice que se necesita una aldea entera para educar a un niño es absolutamente cierto.

El conocimiento que podemos tener de una sociedad ajena viene muchas veces enturbiado por ideas preconcebidas y generalizaciones que, aun conteniendo algo de verdad, resultan falsas las más de las veces. Por ejemplo, suele decirse que los finlandeses son callados, taciturnos, que poseen el índice de suicidios más alto del mundo o que son todos unos borrachos, pero los hechos son bien distintos: no es que sean callados, es que no les gusta meterse en la vida de los demás ni que otros se metan en la suya; en suicidios y contando sólo Europa, Lituania, Hungría, Letonia y Eslovenia superan a Finlandia, y Alemania, Portugal, Francia, Irlanda o Andorra (entre otros) en consumo de alcohol. Nosotros mismos no les vamos muy a la zaga. La diferencia, dicho sea de paso, no es que bebamos menos, sino que bebemos mejor. A ellos el alcohol los mata; a nosotros, no.

También hay clichés positivos: los finlandeses son uno de los países más igualitarios del mundo —fue el primero en el que las mujeres se ganaron el derecho al voto—, el más honesto —tanto de acción como de palabra— y el menos corrupto. Tristemente, y al igual que ocurría con los estereotipos negativos, estos también tienen sus contrapartidas: la violencia contra las mujeres es muy común —hasta los años noventa del siglo pasado la violación dentro del matrimonio no se consideraba un delito—; las tasas de criminalidad, tanto organizada como común, van en aumento desde hace bastantes años; y la corrupción existe, pero es difícil de detectar debido a la falta de transparencia de los partidos políticos [pdf].

Quiero hablar un poco más de la violencia machista porque revela un aspecto importante de la sociedad que puede malentenderse si no se explica bien. Cuando decimos que a los finlandeses no les gusta meterse en los asuntos de los demás ni que los demás se metan en los suyos, pensamos en una falta de solidaridad, pero no es así, aunque el efecto sea el mismo. Lo que ocurre es que se confía en que los demás sean capaces de resolver sus problemas. De alguna forma, resulta poco delicado decirle a otro lo que debe hacer, o ayudarle sin que medie una petición de ayuda. En el caso concreto de la violencia doméstica, hay que sumar a esta actitud cautelosa la imagen de la mujer finlandesa como alguien fuerte, recio, que puede con todo. De ahí que, a pesar de que muchos conocen casos de violencia en su entorno cercano —un 38%, según una encuesta reciente de la Unión Europea [pdf]—, nadie haga nada. No es que les parezca bien, sino que confían en que esa mujer fuerte y recia pueda lidiar con ello. Y ellas tampoco denuncian, porque la agresión las deja en shock: “¿Cómo este borracho [porque la mayoría de las agresiones se producen bajo los efectos del alcohol] se ha atrevido a ponerme la mano encima a mí?”, piensan.

Esta confianza en los demás, que en determinados ámbitos nos parece excesiva o aberrante, en otros, como el de la educación, veremos que resulta muy conveniente.

Si les preguntáramos a ellos cómo se ven a sí mismos, la primera palabra que les vendría a la cabeza seguramente sería eficientes. (Aquí es donde el lector con conocimientos de informática se acuerda de que el IRC o Linux son inventos finlandeses.) Ya sea trabajando, comiendo, hablando o incluso haciendo la compra, los finlandeses tratarán de ir siempre al grano. (Más de una vez me han criticado —desde el cariño siempre— lo que tardo en comer. Si supieran quién es, yo les contestaría —desde el cariño también— que, como dice Carmen de Mairena, “yo seré puta, pero mi coño lo disfruta.”)

Todas estas características de la sociedad —la honestidad, la igualdad, la confianza, la eficiencia— están presentes en sus leyes educativas. Las que he podido leer (por estar traducidas al inglés) son concisas, sencillas y prácticas. No se pierden en preámbulos ni exposiciones de motivos. Tampoco en una lista interminable de asignaturas ordenadas por curso, sino que van al punto. La legislación finlandesa sobre educación se hace sólo dos preguntas y las contesta: ¿Cuál es el problema? ¿Cómo resolverlo? Eso es todo. Sienta las bases de una educación equitativa y de calidad, pero la implementación corre a cargo de los técnicos, porque ésa es su obligación y se confía en que sabrán hacer su trabajo.

Historia de una reforma

Ángel Ganivet decía que los finlandeses son socialistas en espíritu, porque anteponen la colectividad al individuo. Esto explicaría por qué en la documentación que he estudiado no suelen aparecer los nombres de los presidentes, primeros ministros, ministros o ideólogos que lideraron la reforma educativa. Sólo los hechos. Si a esto añadimos que la mayoría de los gobiernos en Finlandia han sido de coalición, tampoco podremos afirmar: fue tal o cual partido. Aún más: su tradicional inestabilidad política —comparable a la de nuestra Primera República— no permite atribuir ningún logro a un gobierno aislado. Que hayan sido capaces de idear, levantar, mantener y mejorar un proyecto común a lo largo de más de cincuenta años habla muy bien de los finlandeses y de sus políticos.

A pesar de todo, si hubiera que destacar a una persona, ésta probablemente sería Erkki Aho, director general del Consejo Nacional de Educación —antiguo Kouluhallitus, actual Opetushallitus— entre 1973 y 1991. Gran parte de lo que sigue, viene sacado de su versión de los hechos.

¿Por qué estudiar la historia de una reforma que no tiene protagonistas, ni épica, ni drama de ninguna clase? Pues precisamente por eso: para demostrar que, al contrario de lo que nuestros propios políticos parecen querer demostrar, es posible una reforma educativa que sea un verdadero proyecto nacional, sin nombres, sin siglas, sin grandes oposiciones. No queremos estudiar el pasado de otro país, sino el futuro del nuestro.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, Finlandia era un país cuya economía se basaba en la explotación de sus bosques. De hecho, dos de sus principales empresas —Nokia y Ahlstrom— comenzaron en este sector en el siglo xix. Entrado el xx, ambas reorientaron su negocio hacia los productos de base tecnológica, y a partir de la década de 1960, coincidiendo con la entrada del país en la EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio), iniciaron su expansión por todo el mundo.

Estos acontecimientos trajeron consigo un gran crecimiento económico, y con él llegó la posibilidad de implementar el Estado del Bienestar, así como la necesidad de una educación de calidad que hiciese a los trabajadores finlandeses más competitivos. En 1963 comenzaron las deliberaciones para una reforma educativa, las cuales quedaron plasmadas en la Ley del Sistema Educativo de 1968.

Antes de la reforma, se dividía a los estudiantes a los diez años de edad entre los que recibirían una educación académica —con la idea de que llegasen a la universidad— y los que quedarían relegados a una formación profesional que les permitiría ponerse a trabajar cuanto antes. Esta decisión no la tomaban ellos, ni sus padres, sino sus notas hasta ese momento, y dejaba prácticamente sellado su futuro.

Los reformadores optaron por un sistema completamente distinto: nueve cursos de educación básica, obligatoria e igual para todos, con dos itinerarios al acabar la misma (Educación Secundaria Superior y Formación Profesional) basados en un principio de máxima flexibilidad, esto es, la opción por uno u otro no compromete a nada. De hecho, los estudiantes pueden coger asignaturas de los dos a la vez.

La reforma se fue aplicando y depurando gradualmente. Primero en los pueblos más pequeños del Norte, y luego en los mayores y más poblados del Sur, entre ellos la capital, Helsinki. En los primeros años, la gestión del sistema estaba centralizada, pero desde finales de los ochenta las competencias del día a día pasaron a los municipios, y las decisiones puramente pedagógicas se toman en las escuelas con absoluta independencia. El gobierno sólo marca el currículum y la orientación general del sistema.

En nuestros días, parece que se está intentando volver a un sistema competitivo, es decir, que las escuelas busquen diferenciarse entre ellas, de modo que los padres o los alumnos puedan escoger la que más les guste. Se gana en libertad de elección, pero se pierde en equidad.

Los sectores más conservadores de la sociedad y —curiosamente— los sindicatos de profesores se opusieron en un principio a la reforma. ¿Por qué? Cada uno tenía sus razones: los primeros no querían perder sus privilegios: si todo el mundo podía acceder a una educación gratuita y de calidad, sus hijos perderían una ventaja competitiva. Los profesores, por su parte, creían que, si tenían que vérselas con los hijos de las familias más desfavorecidas, su trabajo se complicaría. Además, los maestros formados en el sistema antiguo temían por sus empleos. El gobierno, hábilmente, aseguró la continuidad y la formación de los viejos maestros, con lo que cualquier atisbo de oposición se fue como llegó.

Otra crítica que se hizo fue que, al poner a todos los chavales en la misma clase independientemente de sus capacidades, en realidad se estaba igualando por abajo. Los hechos desmintieron también esta afirmación. A los estudiantes de menor capacidad los motiva sentirse parte del grupo, mientras que a los superdotados se les da más trabajo o se les encarga ayudar a aquéllos a quienes les cueste más estudiar, lo que, además, fomenta el compañerismo.

En un informe titulado Policy development and reform principles of Basic and Secondary Education in Finland since 1968 [pdf] (páginas 39 y 40), Erkki Aho, Kari Pitkänen y Pasi Sahlberg enumeran —y yo adapto— las condiciones que han de darse para que una reforma educativa como la finlandesa tenga éxito:

  • Que el gobierno siga, en lo económico, la doctrina keynesiana.
  • Que el sistema democrático sea multipartidista, lo que favorece consensos amplios.
  • Que todas las partes interesadas intervengan en el proceso de reforma.
  • Que el Parlamento apruebe una ley y un marco de actuación claros y factibles.
  • Que los funcionarios estén bien preparados y motivados.
  • Que la Administración, en todos sus niveles, se implique en la sostenibilidad y la consistencia de la reforma independientemente del partido que gobierne.
  • Que ésta acabe con los viejos intereses en favor de una educación elitista. (Finlandia nacionalizó todos los colegios privados en los años setenta.)

Estructura del sistema educativo

Etapas Ciclos Edad Obligatoria Gratuita
Educación superior Doctorado +19 No
Licenciatura
Máster universitario(*) Máster politécnico(*)
Grado universitario(*) Grado politécnico(*)
Educación Postobligatoria Educación Secundaria Superior Formación Profesional 17–19
Educación Básica Educación Secundaria Básica(**) 13–16
Educación Primaria 7–12
Educación Infantil Preescolar 6 No No
Jardín de infancia 0–5

Tabla 1.

Estructura y funcionamiento del sistema educativo finlandés.

(*) La diferencia entre universidad y politécnica es que en la primera se cursan las carreras académicas (Derecho, Filosofía, Economía…) y en la segunda las de tipo práctico (ingenierías, Arquitectura, etc.).

(**) La Educación Secundaria Básica ya no existe como un ciclo separado. La he incluido en la tabla por hacer más comprensible el modelo, pero actualmente la Primaria ocupa toda la Educación Básica.

Supongamos que te llamas Mia Lindberg y acabas de nacer en una familia de lengua sueca de Hämeenlinna, una pequeña ciudad de unos 68 000 habitantes famosa por ser el lugar de nacimiento de Jean Sibelius.

Durante tus primeros años de vida, tus padres deberán elegir entre escolarizarte o no. Si se deciden por lo primero, pueden llevarte a una guardería (pública o privada), donde te leerán cuentos y jugarás con otros niños de tu edad, o a una casa particular, donde harás básicamente lo mismo, pero en un ambiente más familiar y con menos niños (cuatro como máximo). Por supuesto, en este último caso, la persona encargada debe estar cualificada para el trabajo.

Si prefieren no escolarizarte, pueden cuidarte en casa o contratar a una niñera. También pueden llevarte a una ludoteca (allí llamadas guarderías abiertas), que no son centros educativos, sino más bien de socialización. Su finalidad es que padres e hijos jueguen, se relacionen con otros y hagan amigos.

Todas las opciones anteriores están subvencionadas y pueden resultar gratuitas dependiendo de la renta de los padres. En las ludotecas sólo suele cobrarse por las actividades guiadas.

A los seis años, podrás hacer un curso de preparación para la escuela obligatoria, que empezarás al año siguiente. Hasta este punto has aprendido jugando. No te han enseñado a leer, ni a escribir, ni nada que no se pudiera aprender mediante el juego, el baile, las canciones, los dibujos o las manualidades. De ahí que un curso preparatorio tenga sentido.

Pero tampoco hay mucha diferencia entre lo anterior y lo que viene. Todo en la escuela finlandesa es suave y gradual. Por ejemplo, los horarios: durante los nueve años de enseñanza básica, el número de horas de clase por semana aumenta cada dos cursos: de un mínimo de diecinueve en primero y segundo, pasando por una media de veintitrés entre tercero y cuarto, y de veinticuatro en quinto y sexto, hasta las treinta horas semanales en séptimo, octavo y noveno. Habrás pasado de cuatro a seis horas al día de clase. En nueve años. (Ver Tabla 2.)

Asignaturas/Cursos Total
Lengua materna y literatura 7 7 5 5 4 4 4 3 3 42
Lengua cooficial 1 2 2 3 3 3 2 16
Lengua extranjera 2 2 2 6
Matemáticas 3 3 4 4 4 4 4 3 3 32
CC. Naturales 1 1 2
Biología y Geografía 1 1 1 2 2 2 3 12
Física y Química 1 1 1 2 2 3 10
Higiene y salud 1 1 1 1 1 1 1 7
Religión/Ética 1 1 1 1 2 1 1 1 2 11
Historia y CC. Sociales 1 2 2 2 3 10
Música 1 1 1 1 1 1 1 2 9
Plástica 1 1 2 2 1 1 2 2 12
Manualidades 2 2 2 2 2 2 2 2 1 17
Educación física 2 2 2 2 2 2 2 2 2 18
Economía doméstica 1 1 1 3
Orientación educativa y profesional 2 2
Optativas 2 2 3 1 1 2 2 13
Número de horas 19 19 22 24 24 24 30 30 30 222

Tabla 2.

Posible distribución semanal de las horas de clase durante la educación básica. Cada centro es competente para realizar la que considere oportuna de acuerdo con las exigencias del Ministerio de Educación [pdf]. La que se ofrece en la tabla no se corresponde —que yo sepa— con ninguna existente en la realidad, pero, salvo error mío, se ajusta a la ley y he procurado que tuviera sentido pedagógico. Los enlaces mandan al archivo correspondiente del currículum.

Estamos hablando, además, de una forma de aprender con la que apenas hay exámenes, con la que el profesor no te da una charla de una hora y se va, sino de clases pequeñas, de unos dieciséis alumnos, en que el tema se explica brevemente y el resto del tiempo se dedica a hacer ejercicios, preguntas o debates. El profesor no enseña como lo concebimos en España: simplemente orienta. La participación de los alumnos en las clases hace innecesarios los exámenes, porque se puede comprobar su progreso día a día. Se podría decir, sin miedo a exagerar mucho, que con este sistema suspender cuesta más trabajo que aprobar.

¿Qué ocurre con los niños con necesidades educativas especiales, como, por ejemplo, tú, que hablas sueco en una ciudad de mayoría finlandesa? La Ley de la Educación Básica de 1998 [pdf] te da el derecho a recibir las clases en tu lengua materna en una escuela pública, siempre y cuando ésta sea finlandés, sueco, lapón, romaní o lengua de signos. Si tuvieras problemas de aprendizaje se te darían individualmente las clases de refuerzo necesarias hasta que te pusieras al nivel de los demás. Dicho de una vez: pase lo que pase, jamás te separarán del grupo. De ahí que a esta etapa se le llame en finlandés peruskoulu, que quiere decir “escuela inclusiva”. Esta inclusividad es, para ellos mismos, una de las claves del éxito de su sistema.

Una vez acabada la educación obligatoria, podrás optar por estudiar Secundaria, Formación Profesional o una mezcla de ambas. Elijas lo que elijas, siempre podrás cambiar. La valoración de los padres acerca de la FP como una opción inferior a la Secundaria hizo que los reformadores flexibilizaran el sistema al máximo. Actualmente, la proporción entre los que cursan Secundaria y los que prefieren FP es de 60/40 más o menos.

Lo más parecido a sellar tu futuro educativo será hacer el Examen de Matriculación al finalizar la enseñanza post-obligatoria, un equivalente a nuestra Selectividad. El tipo de examen (hay una opción académica y otra vocacional) y la nota que se saque en él determinará qué clase de enseñanza superior recibirás y en dónde.

Formación del profesorado

Si preguntamos a cualquier experto en el sistema educativo finlandés (Erkki Aho, Pasi Sahlberg, Reijo Laukkanen) cuál es la clave de su éxito, todos ellos contestarán sin dudarlo: los profesores.

¿Qué es lo que hace a sus profesores mejores que los nuestros o que los de cualquier otra parte? ¿El sueldo? ¿La formación? ¿El prestigio social? Veamos algunos datos:

  • Sueldos: La diferencia de sueldo entre un profesor español y uno finlandés no es significativa [pdf]. Resulta curioso, sin embargo, que, en Finlandia, entre el diez y el quince por ciento abandone la docencia para buscar un trabajo mejor pagado. Esto es algo que en España ni se plantea, dado que se prefiere la estabilidad de la función pública.
  • Horas de clase: En Finlandia los profesores dan más clases, pero durante menos horas al día, especialmente en Primaria, donde un mismo profesor imparte todas las asignaturas. El tiempo que no se pierde corrigiendo exámenes o ejercicios se utiliza en clases de refuerzo, formación laboral, tutorías, etc.
  • Prestigio: ¿Respetamos a los profesores en España? Las noticias en las que aparecen como víctimas de agresiones por parte de padres o de los propios alumnos ya no nos causan sorpresa, pero, ¿son norma o más bien excepción? ¿Qué hay de los casos de abusos sexuales? El Partido Popular gusta de esparcir bulos (vagos, mal preparados) sobre los profesores cuando éstos se oponen a sus medidas, lo cual tampoco ayuda. Nuestros padres no hablaban de profesores, sino de maestros, y eso que les pegaban unas tundas de cuidado. Así pues, ¿merecen nuestros docentes el respeto que deberíamos tenerles? ¿Deberíamos respetarlos aunque no lo merecieran?
  • Preparación: La formación de los profesores finlandeses es muy buena. Esto sin duda se debe al sistema de selección, que es a la vez competitivo y cooperativo. Competitivo porque sólo el diez por ciento de los que se presenta consigue una plaza, y cooperativo porque, durante las prácticas, los profesores veteranos ayudan y aconsejan a los nuevos acerca de cómo mantener la atención de los alumnos o cómo preparar las clases y hacerlas más participativas.

En general, creo que podemos decir que los profesores finlandeses ganan por goleada a los españoles en preparación, autonomía y prestigio social. Un ejemplo más: en España, los políticos compran pizarras digitales o permiten disfrutar a los alumnos de un portátil durante el curso escolar, pero ¿preguntaron a los profesores si algo de eso de verdad hacía falta? ¿Por qué no gastar mejor el dinero en bibliotecas donde los niños puedan leer y estudiar, o en huertos y laboratorios donde puedan experimentar? En Finlandia, como dijimos más arriba, se confía en los expertos; aquí, en cambio, se les imponen formas de trabajar que, claramente, no son las adecuadas.

Conclusión

Cuando empecé a documentarme para este artículo, me di cuenta de que la mayoría de lo que se ha escrito sobre el sistema educativo finlandés no es del todo cierto. No porque se mienta, sino porque la realidad tiene tantas aristas que los que la cuentan tienden a alisarla para hacerla comprensible. Yo he tratado de mostrar esas aristas procurando que quien me lea no se pierda. Un ejemplo de esto es la famosa gratuidad de la enseñanza.

Otro asunto interesante es que los finlandeses venden muy bien su sistema. Algunas personas, como Pasi Sahlberg, han hecho carrera de ello. No lo critico, pero lo cierto es que la educación finlandesa, sin ser en absoluto mala, no es tan perfecta como ellos mismos la pintan. Yo, sin ir más lejos, enseñaría a los niños a leer y a escribir cuanto antes. En cualquier caso, perfecta o no, está a años luz de nosotros y por nuestro bien deberíamos aprender de ella.

Enlaces

Más información

  • Ylioppilastutkinto (en pdf). Un vistazo más en profundidad al Examen de Matriculación, la Selectividad finlandesa.

Créditos

  • La foto de portada es de S.F., a quien agradezco muchísimo su extraordinaria y desinteresada ayuda en la preparación de este artículo.